Castiel cerró los ojos instantáneamente al ver como Jacke, el padre de Zeidah, luego de burlarse de él, susurro un “Adiós…” y puso la pistola en alto. Un escalofrió recorrió su cuerpo, sentía el sudor frio, tenía miedo. ¿Este era su final?
”No, no moriré por una estúpida bala” Se dijo a sí mismo.
Un estruendo resonó en todo el lugar, haciendo que a lo lejos, un perro comenzará a ladrar y que alguien abriera la puerta de golpe. Pero, lo que a Castiel le extraño, fue que no sintió dolor, ni siquiera había tenido la sensación de que algo lo rozaba. ¿Había errado?
Abrió los ojos, esperando ver… Lo que fuera, menos lo que vio. Zeidah, que había intentado arrebatarle el arma a Jacke sigilosamente, yacía a los pies de este, boca abajo, mientras presionaba fuertemente su cadera con las manos, algo doblada. Ahogo un grito de dolor, mientras apretaba fuertemente los parpados y la mandíbula, sentía un fuerte dolor, más fuerte a cualquiera que haya sentido en toda su vida, ninguno se le comparaba. Haciendo graves esfuerzos por ignorarlo, se sentó como pudo, aun con una mano en la herida, la cual cada vez sangraba más, dejando totalmente roja la parte delantera de su short que solía ser blanco. Su esfuerzo había funcionado, le había arrebatado el arma, así evitando que hiriera a Castiel, pero no había resultado como ella pensaba, en absoluto. Tomo el arma firmemente, levantándola en el aire y apuntando hacia su padre, que estaba parado mirándola, indefenso y pálido. Las cosas tampoco habían salido bien para él.
–¡N-no….! N-ni s-se te o-ocurra…moverte…–Cada vez que pestañeaba, la visión se le hacía menos clara. Poco a poco, la escena que estaba viendo, se fue desvaneciendo. Sintió un leve dolor en la cabeza luego de escuchar el sonido de un golpe. Sabía que ya no estaba sentada, pero aun así, uso sus últimos esfuerzos, para sostener fuertemente la pistola. Levanto levemente la cabeza y pudo distinguir una especie de mancha blanca, de la cual salía otra más larga negra que finalizaba en un color piel, y se mezclaba con otra mancha marrón, de esta salía otra grande de color negro. Parpadeo con fuerza y pudo distinguir, aunque sea por unos segundos, que se trataba de su primo, sosteniendo a su padre. Volvió a dejar caer su cabeza sobre el suave pasto, sentía algo se derramaba por la pierna. De pronto, sintió como si algo frio le tomaba la cara suavemente, más bien dos cosas frías, una en cada mejilla, y la giraban la cara en dirección a una mancha color piel y roja, luego, algo por detrás la levanto levemente, ella intento mantener la cabeza en alto. Volvió a parpadear con fuerza, varias veces seguidas, hasta distinguir la cara de su novio, Castiel, que la miraba con preocupación y movía rápidamente la boca, pero no lograba escuchar nada de lo que decía. Poco a poco, fue dejándose caer sobre el brazo de Castiel que aun la sostenía, y, lentamente, cerró los ojos.
[Narra Zeidah]
Me encontraba en una sala oscura, la cual solo era iluminada por un débil rayito de sol, que entraba por una diminuta ruptura en el techo. Una grieta por la cual no lograba ver nada, ya que se encontraba lejos de mi alcance. Aun así, era de gran utilidad para mí.
Lentamente, a rastras, me acerque a ese pequeño rincón iluminado y, como todos los días, cada vez que la luz llegaba a ese lugar, tomaba una pequeña piedra, cosa que no faltaba en ese lugar y…Hacia una pequeña marca. No muy grande, ni larga, ni ancha, mi mano estaba tan temblorosa que ni siquiera era recta, pero aun así, tenía un solo propósito, el cual cumplía perfectamente…Contar los días en los que he estado allí. Recorrí mis dedos por encima de cada escritura, tratando así de contarlas, pero sin borrarlas. Uno…tres…cinco. Hace cinco días que me encontraba allí, sola, en esa habitación totalmente oscura, simplemente observando ese rayito de luz, hasta que este desaparecía o se volvía menos intenso. Tenía sed, hambre, y un intenso dolor se apoderaba de mi cadera.
No tenía nada que hacer, nada que pensar… Me encontraba sentada allí, hasta que, como siempre, débiles pasos se escuchaban alrededor del lugar en donde estaba. No sé si era muy grande, o muy chico, solo sé que esos pasos duraban mucho, mucho tiempo. Luego de un rato, estos cesaron. No tardaron en volver a hacerse presentes, justo detrás de mí. El silencio era tanto que, el más mínimo sonido, se escuchaba claramente, ya que retumbaba en todo el lugar.
–Hola, Zeidah. –Dijo esa voz, en un tono sumamente amable y dulce, el cual me causaba un gran escalofrió, o más bien me daba repulsión cuando era usado en él. No respondí, solo me quede allí, con las rodillas entre mis manos y mi cabeza enterrada en ellas. –Veo que hoy tampoco quieres hablar. Está bien, aunque yo tengo varias cosas de las que me gustaría conversar, ¿Te parece bien?
Yo solo me limite a asentir, aunque él no me veía.
–Pues, maravilloso. –Exclamo, mientras hacía quien sabe qué. –Hoy han ocurrido muchas cosas, ¿Por dónde debería empezar? –Pregunto, a lo que yo me encogí de hombros. –Bien, primero que nada, lo más importante. No sé si te habrás enterado a estas alturas…Pero, estas hospitalizada. Terrible noticia, ¿Vedad?
Aunque aparentemente era lo que él esperaba, esas palabras no causaron ningún efecto en mí. Sabía que era verdad, pero por alguna razón, no me importaba.
–Ha sido un disparo, ¿Lo recuerdas?– Por mucho que quisiera, no pude hacerlo. – ¿No? Es una lástima…Aunque, supongo que pronto te enteraras. ¿Te gustaría hacerlo?
No sabía que responder, simplemente me quede allí, en silencio.
–Bueno, creo que ya has estado aquí suficiente tiempo. Te dejare salir, aunque recuerda, pronto volverás. –Un pequeño hilo de luz se hizo presente al final de la habitación. Sin pensarlo y, por primera vez en días, me pare y camine hacia él. Sabía que por fin saldría de ese asqueroso lugar, pero aun así, entendía perfectamente que sus palabras eran reales. Volvería. No era mi primer vez allí, ni la segunda, y se perfectamente que no será la última. Pero, luego de estos días, los cuales parecieron eternos, lograre salir. ¿Dónde estaré esta vez? Él había mencionado un hospital… Ahora, entiendo la razón, ahora sé porque estoy aquí.
Finalmente, luego de caminar ese par de metros, que parecían miles… Llegue. Deslice mi mano por la pared, hasta llegar a esa pequeña grieta, de la cual provenía la luz, y, haciendo fuerza, puse mis dedos dentro. Llegue a pasar la mitad de mi mano, no era posible que entre más, pero era suficiente. Sacando fuerzas de no sé dónde, cerré mi mano y comencé a tirar hacia atrás. Lentamente, y acompañado de un gran chillido, fue abriéndose. Aun no podía pasar, debía empujar más, aunque no pudiera. Me pare firmemente, lo más que se me era posible…Y comencé a caminar hacia adelante. La puerta, o lo que sea, se abrió del todo de un tirón, haciendo que callera al piso. No distinguía nada de lo que había detrás, ya que el lugar era cubierto por una luz tan fuerte que no me permitía abrir los ojos. No pude evitar pensar si ese sería mi final, pero ya había pasado por algo parecido a esto, y, cubriéndome la cara con los brazos…Avance.
Al tercer paso, la puerta volvió a cerrarse…Y, como si me hubieran quitado todas las fuerzas de un momento para el otro, caí al piso totalmente en seco, haciendo que el ruido resonara en todo el lugar. Y, poco a poco, esa luz blanca cegadora, se convirtió nuevamente, en una inmensa oscuridad.
Sentí como si hubiera caído de golpe, pero no en el piso, si no en algo acolchonado y cálido. Sabía que estaba consiente nuevamente, pero sentía miedo, ¿Dónde estaré? Tenía miedo a abrir los ojos, y volver a aparecer en esa oscura habitación. Lentamente, algo atemorizada, fui abriendo mis parpados, hasta que logre distinguir que estaba en una sala, no muy lejos de una ventana. Sentí que un gran peso se me salía de encima. Mire hacia esta, y no pude evitar quedarme contemplando el bello día que había fuera, algo que no veía hace mucho. Pero, luego caí en algo importante… ¿Dónde estaba? Baje la vista lentamente, hacia mi cuerpo…El cual estaba con una especie de bata, realmente espantosa, conectado a unas máquinas que estaban situadas a mí alrededor. Entonces, recordé las palabras de…él. Me encontraba en un hospital, pero, ¿Por qué? Quise sentarme, pero, al primer intento, un inmenso dolor se apodero de mi cuerpo. Luego de que cesara, aunque no del todo, volví a intentarlo. Lentamente, aguantándome el dolor, puse mis brazos en la cama alrededor de mi cintura y lleve mi espalda hacia delante. Entonces, haciendo no mucha fuerza, quede “sentada”. Mi vista, la cual estaba un poco nublada, se aclaró del todo y, mi cabeza, la cual sufría una enorme jaqueca, fue calmándose poco a poco. Entonces, cuando todo estaba en orden…O al menos esos pequeños detalles, mire hacia la sala, cosa que había ignorado completamente desde que desperté, y los vi. Castiel, Lysandro, Leigh, William, Armin, Iris, Kim, ¿Nathaniel?, Violeta, Kentin, Zack y Nellie. Estaban todos sentados en sus respectivas sillas, mirándome fijamente, con los ojos en blanco, y algunos con los ojos llorosos. Como si lo hubieran estado ensayando, se pararon al mismo tiempo, coordinadamente, y se acercaron hacia mí, cada uno tomando un lugar alrededor de la cama. No pude evitar soltar una risita ante su reacción, solo faltaba que se pusieran a bailar. Estaba por abrir la boca, pero ellos estallaron, por así decirlo.
–¡ZEIDAH! –Gritaron todos antes de abalanzarse sobre mí y estrujarme.
–¡Airess, necesito airess! –Grite, tratando de imitar a Apu, de Los Simpsons. Aparentemente Armin fue el único que entendió, ya que soltó una pequeña risa.
Ellos me abrazaron con menos fuerzas, luego de un rato se separaron.
–¡No sabes el susto que nos has dado! –Decía William, pude notar que su voz estaba algo temblorosa, como si estuviera a punto de llorar.
–L-lo siento…–Me disculpe.
–Tonta, no debes disculparte de nada. –Dijo mi pelirrojo, mientras me daba un beso en la frente, con una gran sonrisa.
–Disculpen, sé que están felices, pero deben irse, por lo menos hasta que terminemos de examinarla. –Dijo la enfermera, saliendo de no sé dónde.
–¿Tan rápido? –Me queje.
–Me temo que sí. –Dijo con impaciencia el doctor mientras se acercaba a mí. –Jóvenes, por favor…–Ellos asintieron y se dirigieron a la puerta.
Castiel me dio otro beso en la frente y se fue.
El doctor comenzó a hacerme pruebas que eran totalmente inútiles a mi parecer.
–Como último, ¿Siente dolor al mover la zona lesionada? –Pregunto.
[Narra Castiel]
Luego de un rato, bastante largo, el doctor salió. Su rostro era completamente inexpresivo, y no nos dijo nada más que:
–Si gustan, ya pueden pasar. ¿Tú eres el mayor, vedad?–Le pregunto a Leigh, el cual asintió. –Ven conmigo. –Leigh lo siguió a quien sabe dónde, y nosotros entramos.
La felicidad con la que entre a la sala, en un instante, paso a ser una gran preocupación. Al acercarnos a la camilla, Zeidah estaba allí sin decir nada, al parecer no se dio cuenta de nuestra presencia. Su nariz estaba roja, al igual que sus ojos, y una que otra lágrima resbalaba por su mejilla, sin embargo, ella no dejo de mirar por la ventana en ningún momento. Nos acercamos a ella rápidamente, preocupados.
–¿Que…que ha dicho el Doctor? –Pregunto Lysandro, algo inseguro, mientras se sentaba a un costado de la camilla. Yo lo imite.
–Mis piernas…–Dijo en un susurro, el cual fue casi inaudible, al menos para los que no estaban a su lado como yo. Todos la miramos interrogantes. Soltó un suspiro. –No…No puedo mover las piernas.
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